El cigarro se consume aunque yo no lo fume. Pero yo lo acelero y adelanto su muerte y la mía. Todo decae a pesar de lo esperado; un último cielo se estremece en su pilar. El pilar se rompe. Es que ya no queda nada; como el vértigo insensato en su eje imposible, todo abraza una lágrima. El llanto rompe en tempestad callada. El equinoccio es mentira y yo no me di cuenta.
Paso las estaciones como si nada cambiara, viajo como quieto. Hoy le dedico tributo al templo y acuño un sacrificio. Copio signos y busco proyecciones de nuevos rumbos en un tumulto de extraña belleza, en el barril donde duermen los hijos huérfanos de nuestra comunión negada. Golpeo voces sin convicción.
Abrazo un placer imposible por mi propia constitución imbécil e incompetente. Se rajan las estrellas del estremecimiento, el templo es vano, está lleno de vanidad. Un lucero fuerza la puerta y yo de espaldas a Ella no la abro. La apertura es como una estela de condiciones que no puedo cumplir; el cerrojo es muy difícil, es armonía con su mundo, calma y sentido que no poseo.
Quizás sólo queda abrazar mi callado destino y forjar por siempre en él un rumbo. Quizás siempre he estado equivocado (lo sé) y mi mañana es un auge inapropiado y roto. El vuelo canta una luciérnaga de gemidos ajenos y la verdad es un accidente, un accidente frente a mi hogar. Los tulipanes se castran como cantores de Viena y se sumergen en su miseria como yo.
Un clítoris se estremece en su garganta y sus gritos respiran un alba, un nuevo amanecer. Pero mi agonía es como un roce entre estrellas que no se tocan. Soy noche. Se trata de un toque nulo, penumbra de la ansiedad. Mi imaginario no es el suyo, o sí, pero en la práctica no es ninguna realidad. Soy cojo como un enigma y mi noche no es su mañana en esta inclemente (in)paridad.
Creo que el nicho de los muertos esboza un anagrama indescifrable. No me importa. Sólo es que en vida mi augurio no cansa ninguna voluntad, menos la suya… la única importante. Follan los cuerpos en mi oído y la palabra crece aunque quiera fallecer. Una voz aguda esgrime los vientos, la noche cansa a este albañil. Un ronquido imposible sería hoy lo más placentero, aunque lo cierto es que el verso y la estrofa sucumben ante una mirada fija y no quieren dormir. Le doy un beso imposible a su patria y a lo que para mí ya es una inútil bandera a seguir. Que sus amapolas detengan el tiempo mientras que un remolino narcótico revuelve mi estomago en su temprano sinsabor.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada